cristales y fuego

El portazo suena en todo el edificio, sus lágrimas no paran un sólo instante, la rabia la posee, abre el bolso rápidamente y saca su cartera, saca su foto, la foto de ambos, la foto odiada, la única representación que le queda de ese el cual la ha destrozado por dentro y por fuera, de ese que se creía Dios, Rey y dueño de ella en todo su ser. Con la mano temblorosa saca su mechero y tras dos intentos lo enciende. Sus ojos llorosos y su cara de justicia se iluminan mientras la quema, ve su cara hincharse y contraerse al paso de las llamas, casi lo ve sonreír al arder; la tira en llamas, la tira y maldice su maldito y jodido nombre de aquí a los restos.

Se gira y se mira en el espejo, no lo soporta, no soporta ver que llora, que se lamenta de haber matado, de haber borrado de la historia, a semejante hijo de puta. Con una fuerza que no imaginaba revienta el espejo con el mechero; entre el fuego y los cristales cae de rodillas, se agarra la cabeza, siente que le estallará de un momento a otro, y grita.

Fuera en la calle, su coche empotrado contra una farola es abierto como una lata de sardinas por el techo, su acompañante, un hombre de unos 30 años yace en su asiento con la cara quemada.

“Ni si quiera la venganza te salvará de tus demonios”.

muerte de un Rey

La habitación estaba fría, el ventanal que daba a la plaza permanecía abierto de par en par, no se podía cerrar, las órdenes del Rey eran claras, quien cierre el ventanal perderá sus manos.

Cuatro días hacía ya desde que el destrozado y cansado Rey decidiera tumbarse a descansar para así pasar mejor una simple gripe, como él la llamaba. No había abandonado la cama en todo ese tiempo, ni siquiera cuando sus tropas regresaron de aquella gran gesta con la corona del último Rey extranjero. Estaba desolado, cabreado consigo mismo, abandonar a sus hombres por un simple resfriado. Vergüenza.

Su espada, empuñada día y noche obligaba al servicio a mantenerse alejado, el último que intentó acercarse, su consejero, terminó sus días en esa misma habitación desangrado.

Cuando la noche caía su hijo entró y haciendo acopio de valor y fuerza se acercó a la cama, el padre, reconociendo a su heredero mantuvo la espada baja y dialogó.

– Padre, depóngase de esta locura, morirá congelado.
– Es un simple resfriado, pasará, como todo en esta vida, pasará.
– Esta mañana volví a ver a esa extraña mujer en el mercado, la misma que rondaba estas habitaciones cuando yo todavía era un crío.

En la mirada del antaño Rey una lágrima brotó pequeña, la esperanza se reflejó en su rostro, casi se pudo ver otro hombre tras esa tez mortecina, un joven con toda la vida por delante.

– ¿Dijo algo hijo mío? ¿Se acercó a tí?
– No, sólo me miró, agachó la cabeza y se marchó.

El Rey vuelve a su ser, a ese cuerpo roto, a esa cama ensangrentada, a esa herida de flecha que desde que llegó a su fortaleza no se ha curado y apesta como el mismísimo aliento de la muerte.

– La próxima vez que la veas dale un motivo para recordar.