los placeres prohibidos

La multitud es su escudo, lo sigue de cerca, a tres personas máximo, pero no se hace notar. Incluso sabiendo que a la mínima lo descubriría, conoce a ese hombre desde hace años. Son amigos, o lo eran hasta hace poco, uno de ellos, el instigador ya no lo mira con los mismos ojos, ahora es simplemente un juguete en sus manos.

La víctima llega a su destino, los brazos de una preciosa rubia, necesitada, lujuriosa, caliente, a la que jamás se habría imaginado acariciando, besando, follando. Él tenía a su novia hasta hace muy poco pero eso se acabó, sin motivo aparente eso se acabó, quizás no está hecho para relaciones estables. La verdad es muy diferente, esos ojos clavados en la “nueva” pareja, impasibles, fijos, curiosos pero estables, no demuestran ningún tipo de sentimiento en concreto, es una amalgama de todos y de ninguno, terror, felicidad, morbo, timidez, todo y nada.

Mientras contempla la escena recuerda a su amiga, tirada en el suelo, sentada contra la pared con las manos en la cabeza llorando desconsolada, como si algo dentro de ella estuviera muriendo desangrado y no fuera capaz de detener la hemorragia. Saber esa supuesta verdad estaba matándola.

Él podría haber seguido callado, podría haber seguido siendo el eterno buen amigo, callado, reservado, un hombro en el que llorar a cualquier hora del día, pero todo había cambiado. Ellos no lo sabían pero todo había cambiado, ese hombre jamás volvería a ser el amigo que conocían y querían, ese hombre había decidido jugar, había salido de su letargo, se había suicidado, se había ahogado a sí mismo, se había rajado de arriba abajo, y había renacido, había vuelto a la vida, pero ya nunca sería el mismo.

Ahora iba a disfrutar de los placeres prohibidos.

todo lo que queda después es simplemente sangre

Yo ya estoy acabado, jugué y perdí, vi, toqué, saboreé, tragué y exploté. La tormenta te convierte en otra persona, te desplaza, te arrastra, te hace suyo, y cuando te quieres dar cuenta tú eres esa tormenta, tú la has provocado, tú te has creado a ti mismo.
Todo ese cúmulo, todos esos “aguanta”, todo ese “ánimo” ficticio, falso, de portada de revista, todas esas palabras vacías, todo eso se une, se amontona, todo dentro de la misma estrecha cajita, hasta que la presión es superior a ella y se quiebra, entonces todo sale a la superficie y tú muestras tu verdadera cara. Tu jodida, puteada, asquerosa, cabreada, destrozada, resentida y sádica cara.

Todo lo que queda después es simplemente sangre.

¿qué más da?

¿Qué más da si te vuelo la cabeza?

¿Qué más da si te reviento de un tiro o a base de ostias? ¿Qué más da?

¿De veras crees que alguien lo notaría? ¿Alguien te echaría de menos? No lo creo.

Probablemente ni se darían cuenta.

Eres una jodida hormiguita en una gran colonia, una pequeña estrellita que tarde o temprano desaparecerá y sólo quizás algún astrónomo notará tu ausencia ya que te usaba para recordar la localización de una de aquellas que realmente importan, aquellas estrellas “famosas”, aquellas que provocan llantos, novelas, películas, revivals.

¿Quién eres tú? ¿Qué has hecho para ser recordado?

Nada, sencillamente nada. ¿Qúe más da?