…y el mundo quedará vacío

“Cuando todo haya terminado el mundo quedará vacío”

Esa frase lo persiguió durante meses, años, siglos, y podía dar cuenta de que poco a poco se iba haciendo realidad, todo a su alrededor moría pero él seguía en pie; firme, impasible, con la misma cara todo el rato, con la misma mirada cansada, él seguía en pie, como si el tiempo ni siquiera lo despeinara.

Su creador, a quien él mismo dio caza y asesinó ya predijo la hecatombe, la caída de toda civilización, el caos en el que se sumió el mundo en los años venideros. “Esta vez es distinto” se decía a sí mismo al ver un escarabajo muerto y petrificado en su camino. “De ésta nadie se salva”, pero él seguía en pie.

Había visto caer imperios, había visto líderes romper a llorar y hablar del fin, había visto regicidios, derrocamientos, golpes de estado, disparar contra la multitud, el ejercito tomando la ciudad, lo había visto todo. Pero nunca, nunca había visto lo que sus ojos, casi impasibles, contemplaban ahora.

“…y el mundo quedará vacío”

muerte de un Rey

La habitación estaba fría, el ventanal que daba a la plaza permanecía abierto de par en par, no se podía cerrar, las órdenes del Rey eran claras, quien cierre el ventanal perderá sus manos.

Cuatro días hacía ya desde que el destrozado y cansado Rey decidiera tumbarse a descansar para así pasar mejor una simple gripe, como él la llamaba. No había abandonado la cama en todo ese tiempo, ni siquiera cuando sus tropas regresaron de aquella gran gesta con la corona del último Rey extranjero. Estaba desolado, cabreado consigo mismo, abandonar a sus hombres por un simple resfriado. Vergüenza.

Su espada, empuñada día y noche obligaba al servicio a mantenerse alejado, el último que intentó acercarse, su consejero, terminó sus días en esa misma habitación desangrado.

Cuando la noche caía su hijo entró y haciendo acopio de valor y fuerza se acercó a la cama, el padre, reconociendo a su heredero mantuvo la espada baja y dialogó.

– Padre, depóngase de esta locura, morirá congelado.
– Es un simple resfriado, pasará, como todo en esta vida, pasará.
– Esta mañana volví a ver a esa extraña mujer en el mercado, la misma que rondaba estas habitaciones cuando yo todavía era un crío.

En la mirada del antaño Rey una lágrima brotó pequeña, la esperanza se reflejó en su rostro, casi se pudo ver otro hombre tras esa tez mortecina, un joven con toda la vida por delante.

– ¿Dijo algo hijo mío? ¿Se acercó a tí?
– No, sólo me miró, agachó la cabeza y se marchó.

El Rey vuelve a su ser, a ese cuerpo roto, a esa cama ensangrentada, a esa herida de flecha que desde que llegó a su fortaleza no se ha curado y apesta como el mismísimo aliento de la muerte.

– La próxima vez que la veas dale un motivo para recordar.